MEDIO AMBIENTE: ¿UN MUNDO SIN PÁJAROS Y SIN ABEJAS?



POR MARIO IBARRA

Algunas obras literarias y algunos estudios científicos han influenciado comportamientos sociales, contribuido a la toma de conciencia sobre una situación determinada y/o han establecido y condicionado opciones políticas.
En un momento crítico de la lucha anti–esclavista en EEUU, comenzó a publicarse (en un periódico) una novela que es un alegato a favor de la causa abolicionista: «La cabaña del tío Tom», escrita por Harriet Beecher–Stowe (1811–1896); ahora, dicha obra, por las repercusiones que tuvo, es considerada como una herramienta clave en la toma de conciencia (inicial) de la sociedad estadounidense a propósito de la condición, la situación, los derechos y la dignidad de las personas afro–descendientes.
Muchos trabajos científicos (generalmente, formulados como «alertas») que, en un principio, fueron ignorados y cuestionados o quedaron en el baúl de los «asuntos marginales», ahora se consideran como «problemas mundiales»; esto ocurrió con los primeros estudios sobre «cambio climático», los relacionados con la importancia y necesidad de la conservación de la «diversidad biológica» y aquellos relativos al «equilibrio de y entre los ecosistemas del planeta».
En los párrafos que siguen, se harán someras referencias a una obra literaria y a una alerta científica que tienen relación –directa– con problemas medioambientales.
En 1962, la bióloga norteamericana Rachel Carson (1907–1964) escribió «The silent spring», (La primavera silenciosa), que marcaría un importante hito en la historia de la ecología y –específicamente– en la progresiva toma de conciencia de los problemas medioambientales de la Tierra; pues, allí se describe un mundo en el que la utilización indiscriminada de plaguicidas, insecticidas y otros productos químicos acalla –para siempre– el canto de los pájaros durante la primavera.
Las pequeñas aves a las que se refiere Carson, son –principalmente– agentes reguladores de insectos y plantas (que constituyen la base de su alimentación) y –en algunos casos– polinizadores y difusores de semillas.
El libro –como ya se ha dicho– tuvo una enorme influencia en la opinión pública (que exigió estudios, responsabilidades y esclarecimientos) y, simultáneamente, estimuló trabajos científicos que permitieron que –poco a poco, con dificultades, contradicciones y limitaciones–, surgiera un enfoque más objetivo de la situación, los riesgos y las dificultades de los ecosistemas y se articulara una más acabada comprensión de las –complicadas, sutiles y determinantes– relaciones que vinculan los organismos vivos con el medio ambiente.
Aunque la «sociedad moderna» intentó ignorarla, la interdependencia entre plantas, animales y hombres, es una –indiscutible– «ley de la naturaleza». En todas las épocas, algunos sabios, filósofos y pensadores de todas las culturas (incluidas las indígenas), han manifestado su admiración y defendido dicha ley con el objetivo de explicar, hacer respetar y preservar los –imprescindibles, tenues y delicados– «equilibrios de la naturaleza».
A la obra de Carson –sin ninguna duda– hay que adicionarle algunos trabajos científicos (anteriores y posteriores) y otras obras literarias que permitieron avanzar –lentamente– hacia un conocimiento –aún no completo– de las relaciones totales del hombre con la naturaleza y –en particular– de la influencia determinante que la especie humana tiene sobre el medio ambiente planetario.
En la toma de conciencia (inicial) sobre los problemas medioambientales de la Tierra, ciertos historiadores y algunos ecologistas le atribuyen un rol destacado a las «filosofías indígenas», en particular, las sentencias y reflexiones que se encuentran en frases, discursos, cartas y autobiografías de jefes de pueblos indígenas norteamericanos o que fueron recogidas en libros de historia y biografías.
«La primavera silenciosa» demostró –igualmente– que la capacidad de absorción y de regeneración de la naturaleza tenía límites y que el hombre había transformado su entorno en todas las etapas de su existencia; además, destacó la evidencia que la especie humana no podía seguir considerando la Tierra –sencillamente– como un gran basurero donde se pueden arrojar productos contaminantes y toda clase de basuras. Hoy, está –claramente– demostrado que se han extinguido (y siguen extinguiéndose) pájaros e insectos –esencialmente– como consecuencia del esparcimiento –indiscriminado– de productos químicos y por la destrucción o la transformación de ecosistemas.
También, a propósito de aves, pájaros, seres humanos y medioambiente, es necesario tener presente que: a) las situaciones que enfrentan los pueblos indígenas cazadores–recolectores, van más allá de la existencia o disminución de las presas de caza y se enmarcan en problemas medioambientales y políticos relacionados con derechos territoriales, conservación de ecosistemas y opciones de desarrollo; b) para algunas comunidades humanas pobres, varias especies silvestres de aves, son una fuente (en general, secundaria) de alimentación (carne y huevos) u obtienen materiales útiles (plumas y estiércol); esas aves, enfrentan problemas similares a los descritos por Carson; y, c) la crianza industrial de aves genera –específicos y serios– problemas medioambientales.
Los hombres –utilizando ciencias, tecnologías o su propia estupidez– provocan «desequilibrios» con consecuencias locales, regionales o mundiales; por ejemplo, estudios recientes –confirmando algunos trabajos científicos y «alertas» publicados, con anterioridad, por la FAO– demuestran que se está produciendo un serio desequilibrio originado por la disminución de las abejas. Para esbozar el problema anunciado, en las líneas que siguen, se intenta sintetizar la situación.
Un planeta sin abejas, no es el argumento de una novela o película de ciencia–ficción, pues, existen datos y hechos que llevan a algunos científicos a afirmar que es una realidad en gestación. Actualmente, las ¾ partes de las polinizaciones que se producen en el planeta son realizadas por las abejas.
A partir de restos fósiles, los paleontólogos aseveran que las abejas existían hace –aproximadamente– 150 millones de años. Se han encontrado, en Mesopotamia, «colmenas artificiales» (de barro, paja y madera) que fueron construidas por hombres de los inicios del «período agrícola», (hace más de 10.000 años), lo que indica que la apicultura o la crianza de abejas, es una antigua actividad humana y es lógico pensar que el consumo y la utilización de la miel se remonte a varias decenas de miles de años antes. Sabios, historiadores y escritores chinos, egipcios, hindúes, griegos, romanos y árabes dejaron, para la posteridad, referencias, estudios, fabulas y poemas sobre las abejas.
Las culturas indígenas del continente americano, a la llegada de los conquistadores, obtenían miel de «colmenas silvestres» y «colmenas artificiales», es decir, había recolección y apicultura. Las selvas de América Central eran grandes productoras de miel; leyendas mayas, códices aztecas y crónicas españolas lo atestiguan. En Chile, poco después de la fundación de «La Imperial» (16/04/1552), los españoles impusieron un tributo que tenía que ser pagado con miel por los mapuche de las cercanías de la ciudad.
En pocas palabras, las abejas son insectos «himenópteros» y los individuos de la especie «apis mellifica» tienen características particulares, pues, cuentan con una compleja, estratificada y especializada «organización social» y, aparte de su –primordial e indispensable– rol de polinizadores, son productores de miel, jalea, cera y «veneno» y son, asimismo, recolectores de polen.
La miel, la jalea y el polen deben considerarse como alimentos–medicamentos y, al mismo tiempo, materia prima para la obtención de compuestos alimentarios y medicinales. De toda la producción de una colmena, como derivados, los seres humanos –al menos– obtienen los siguientes beneficios: a) de la miel, elaboran bebidas y medicamentos; b) de la jalea consiguen medicamentos y cremas (cicatrizantes y cosméticas); c) del polen hacen alimentos, medicamentos y aceites; d) de la cera fabrican grasas y aceites destinados a la industria, la medicina y a la elaboración de cosméticos; y, d) el «veneno» lo utilizan en las «medicinas tradicionales» y, en menor medida (pero, eficazmente) en la «medicina occidental» (de manera directa y en la elaboración de compuestos medicinales).
Investigaciones realizadas sobre los últimos 50 años han demostrado que, en todo el mundo, se está produciendo una –ruinosa– disminución de la cantidad de abejas e, incluso, el peligro de extinción de algunas especies.
La disminución se constata –con mayor acuciosidad– en algunas regiones de Europa y América y, aparte de las especies invasoras introducidas (voluntaria o accidentalmente) que ocupan los hábitats de las abejas locales, las principales causas son: a) la utilización, especialmente en la agricultura, de insecticidas y otros productos químicos; b) la propagación de ondas (radiofónicas, televisivas, de telefonía móvil, etc.); c) la introducción de plantas exóticas, híbridas o transgénicas (que no necesitan polinización y/o son tóxicas) y árboles exóticos (que tienen elementos tóxicos o repulsivos para las abejas autóctonas); d) las basuras o desechos de la «sociedad moderna» que contienen azúcares artificiales, edulcorantes u otros productos químicos venenosos (que les provocan intoxicaciones alimentarias mortales); e) los cambios climáticos generales; f) la disminución de la diversidad biológica de los ecosistemas; y, g) la aparición de «nuevas enfermedades».
No obstante los progresos que se han hecho estos últimos años para proteger la salud de las colmenas (que albergan cerca de 50.000 abejas cada una), algunos científicos y economistas afirman que la apicultura mundial está en crisis por disminución de las poblaciones de abejas y que –si no se adoptan medidas adecuadas, oportunas y eficaces– existen serias posibilidades de «una crisis mayor».
Se argumenta que si se siguen utilizando insecticidas y otros productos químicos –al ritmo y cantidad actuales– desaparecerán las abejas en vastos territorios y las compañías productoras de semillas híbridas podrán cantar victoria; esto será una catástrofe y, hoy, es difícil calcular –exactamente– las consecuencias ecológicas que traerá consigo, pero, no caben dudas que las compañías ganarán dinero y que se producirá un peligroso desequilibrio en los ecosistemas.
También se asevera que las ondas emitidas por los aparatos de comunicación perturban el sentido de la orientación de las abejas y les disloca su –propio, refinado y preciso– sistema de comunicación, esto les impide regresar a sus colmenas y mueren; a esas muertes hay que agregar las producidas por las intoxicaciones alimentarias.
Dibujando las principales fases del «efecto dominó» y teniendo en cuenta –únicamente– la polinización, un ecosistema desposeído de abejas estaría privado de ¾ de las polinizaciones, con ello –en iguales proporciones– se restringiría la reproducción de hierbas, plantas, arbustos y árboles, esto traería secuelas para los animales herbívoros, lo que –a su vez– pondría en dificultades a los animales carnívoros e –irremediablemente– crearía considerables y complicados problemas a los seres humanos porque –como omnívoros–, en todas las fases, son perdedores. De esta manera, la ausencia de abejas significaría la destrucción o –al menos– un gravísimo desequilibrio de todo el ecosistema con las –inevitables– consecuencias que esto tendría para los ecosistemas colindantes, dependientes o interrelacionados.
Debe recordarse que Albert Einstein (1879–1955), sin relativizaciones, dijo: «Cuando se muera la última abeja, cuatro años después, desaparecerá la especie humana».
Hoy, insensatamente, se siguen esparciendo miles de toneladas diarias de insecticidas, plaguicidas y otros venenos para los animales y las plantas; irracionalmente, se siguen produciendo y consumiendo –con un alto costo medioambiental– alimentos innecesarios y productos suntuarios; y, además, se siguen vertiendo a la tierra y al mar –sin ninguna clasificación ni precaución– millones de toneladas diarias de basuras (industriales y domésticas). Ojalá, las predicciones de Carson y de Einstein sean –sólo– parcialmente verdaderas y no sucumban todos los pájaros y todas las abejas.
Querámoslo o no, para la especie humana, este planeta es el único lugar de vida y la única fuente productora de alimentos, en consecuencia, aquí ha estado obligada a erigir su –singular, complicada y desigual– «colmena» que es su único «nido».
Quizás, los hombres van a comenzar a respetar la Tierra cuando entiendan lo que –desde siempre– han sabido los pájaros: no se puede vivir si se destruye y se excreta en el nido.

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