DAMAS DE LA MIEL



Seis mujeres mayas en Ich Eck, municipio de Hopelchén, buscan el rescate cultural. Producen miel de la abeja nativa conocida en la Península como Xuna’an Kab: Damas de la Miel. Ya aparecieron en los códigos mayas. Han enfrentado la tumba de montes altos, las quemas sin control, las sequías cada vez más prolongadas y el abuso de químicos. Están en peligro de extinción, pero han sobrevivido. Cuentan María del Socorro Pech Moo, Leidi Araceli Pech Martín, Carmela Pech Ku, María Enelda Uitz Caamal su historia como Koolel Kab: Mujeres Que Trabajan Con Abejas”:

“Hace 16 años, todas éramos amas de casa que buscaban un reto. Algo que tenía que ver con la cultura maya, pero no algo típico como el bordado. Vino EDUCE a trabajar aquí en Campeche, con hombres y abejas y hablaba de lo orgánico. Quería hacer algo con mujeres. Decidimos trabajar con abejas, pero con las nuestras, las que se estaban perdiendo. Las conocíamos, porque nuestros abuelos las tenían.

Iniciamos con 12 mujeres, sin dinero. El gobierno no sabía nada de meliponas, ni le interesaban. Los primeros años estábamos encubando la idea. Mientras cultivamos hortalizas en nuestros patios. El pretexto era estar juntas. Turnamos las reuniones en cada casa, pero a veces se necesitaba dinero para una salida, entonces pusimos una multa de cinco pesos a las que llegaban tarde a una reunión. El presidente municipal de Hopelchén nos dio transporte, si nosotras pusiéramos el combustible. Pronto nos dimos cuenta que iba a ser un proceso largo. Las salidas complicaron nuestra vida, porque las mujeres mayas no suelen salir. A veces no nos dan permiso. Los primeros cinco años eran como un filtro para saber quiénes realmente querían. En Yucatán encontramos los primeros jobones, que nos vendieron unos ancianos. Nos vendieron siete, uno para cada quien que habíamos quedado. Llegamos a casa con nuestras abejitas, felices, cada quien con su tronco para sentirse responsable. Empezamos a reproducir. Ya habíamos hablado con los abuelitos, pero, claro, cometimos errores.

Los esposos decían que éramos locas y que las abejas no se iban a adaptar, porque eran de monte alto. Aunque cada quien las tenía en su casa, nos apoyábamos mutuamente con la producción. Buscamos apoyo, pero no había para mujeres en una actividad tan desconocida. No nos desanimamos, por suerte. EDUCE nos capacitó para que nos organizáramos y unos tallercitos sobre los derechos de la mujer y la auto-estima. Nos costó tomarlos, porque eran durante las mañanas. Sin embargo, nos aferramos a participar. Así, cada organización tiene su historia: Los reclamos dentro de la familia, lágrimas, las críticas que ‘no teníamos maridos que cuidar’.

Poco a poco cosechamos algo de miel. Buscamos frascos de alimentos para bebés y los re-usamos. Era difícil de convencer a los vecinos consumirla, porque su color y sabor son diferentes. Pensamos producir jabones de miel, trajimos trastes de nuestras casas y comenzó el sueño de un taller propio. Con lo poco que vendimos, invertimos. Compartimos y convivimos. EDUCE ayudó con los empaques y finalmente salieron los primeros productos.

Y de repente –en el 2000- los hombres nos dejaron dos de sus lugares para que participáramos en una feria en Mérida. Ahí, el delegado de FONAES nos invitó a mandarle un proyecto. Mientras, continuamos con nuestro cochinito, cada semana cooperamos con diez pesitos.

Hablamos con el ejido, porque necesitábamos un local. Y sí, pero en las afueras del pueblo, donde no llegaba agua ni luz. Buscábamos un local a donde llega la gente, entonces no. Dijo una compañera ‘¿Por qué no compramos?’ Sabía de una señora que quería vender. Llevamos nuestro cochinito, platicamos y platicamos, y a media noche firmamos en un cuaderno el recibo por el pago de su terreno. Quedamos en ceros, pero con terreno. Cada quien llevaba una silla, llegaban mujeres que querían nuestros productos y una francesa nos llevó a un hotel en Uxmal, a unos 70 kilómetros de aquí. Llevamos nuestro producto sin empaque, no dijeron ni sí, ni no, y al año vino una representante del hotel a pedirnos jabones. Justo después del huracán Isidoro (2002). La señora ofreció un convenio por 12 mil pesos. No teníamos la capacidad productiva aun y se nos estaba cayendo la casita de paja. Pero era la oportunidad de nuestra vida, entonces aceptamos. Trabajamos día y noche. El Fondo Canadá nos donó para el techo, el municipio dio un préstamo y el albañil aceptó su sueldo en abonos. Hasta la fecha no tenemos ingresos, pero pagamos el préstamo, seguimos trabajando y participamos en ferias.

Fue un relajo porque a veces salimos hasta ocho días de nuestras casas. Todas, porque todas tenemos que aprender. Y siempre de dos, porque teníamos miedo. Doña Enelda se peleó con su esposo. Sin embargo, lo superaron y ella marcó su posición. Nos fortalecemos mutuamente y ahora nos tratan de manera distinta. Es que siempre actuamos como grupo, nunca solas. Los señores ayudan, pero no se meten en la toma de decisiones. Ya no pedimos permiso para salir, sino avisamos. Y cuando solicitamos el terreno, fuimos a la asamblea.

Tenemos productos de la región, que se estaban perdiendo y que permitieron que nos abriéramos. E hicimos ejercicios para ver si compartíamos sueños. Queríamos ver si se podría renovar un producto nativo. Las instituciones están apoyando más, pero donde están fallando es en la comercialización. Topamos con trámites burocráticos y legales que nadie sabía manejar. Pero ya conocemos los caminos. Contratamos un despacho y el Corredor Biológico llevó nuestros productos a un evento importante en la Riviera Maya. Además, está estimulando a otros grupos de mujeres en Campeche a dedicarse a las abejas meliponas.

Empezamos con siete jobones, ahora tenemos ochenta, y con productos curativos. La base que nos mueve es la miel, y la miel cura. Hay una valoración de nuestro producto acá, aunque más desde fuera. Tenemos clientes de distintas partes y damos talleres en escuelas. Han venido estudiantes de Morelos e Hidalgo. Lo que llama la atención es que vienen muchos yucatecos, y los campechanos ¿qué? En la universidad de Campeche explicamos el proceso e invitamos a estudiantes a venir acá. Nadie quiso.

El ejido tiene 3 mil hectáreas de área protegida. Entró en un programa de servicios ambientales. Hicieron talleres, un diagnóstico, con caminatas por el monte. Ahora se dan cuenta de la importancia de las abejas, como algo propio de aquí, que genera ingresos. Entonces, cuando solicitamos terreno ahí, no dudaron de ceder dos hectáreas. Siempre ha sido una discusión en el ejido esto de la cacería, la tumba de árboles, la quema de monte. Ahora había un pretexto para poner reglas.

Por su lado, el Corredor Biológico nos invitó a capacitar a mujeres en Calakmul. Les hemos contado lo que hemos vivido como grupo, porque de nada sirve decirles que van a trabajar como grupo, si mañana por un peso se van a pelear. La bronca no son las abejitas, pero el proceso como grupo. El gobierno da dinero para formar grupos, pero nadie les habla de este proceso. Y sin cariño no tendrá sentido.

No vivimos de las abejas. Sólo es una ayuda para una enfermedad, un ahorro. Tampoco tenemos tanta producción, porque un jobón genera poco. Sin embargo, para nosotros es importante cuidar y conservar, no reforestar, porque cuando se habla de eso, pensamos en plantaciones de teca, especies introducidas. Nuestra gente tiene miedo a la palabra ‘reforestar’, porque para plantaciones se tumba mucha montaña.”

En: http://noticiasnet.mx
















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