Fabula: La abeja y los zánganos de Tomás de Iriarte

A tratar de un gravísimo negocio se juntaron los zánganos un día. Cada cuál varios medios discurría para disimular su inútil ocio; y por librarse de tan fea nota a vista de los otros animales, aun el mas perezoso y mas idiota quería, bien o mal, hacer panales. Mas como el trabajar les era duro, y el enjambre inexperto no estaba muy seguro de rematar la empresa con acierto, intentaron salir de aquel apuro con acudir a una colmena vieja, y sacar el cadáver de una abeja muy hábil en su tiempo, y laboriosa; hacerle con la pompa mas honrosa unas grandes exequias funerales, y susurrar elogios inmortales de lo ingeniosa que era en labrar dulce miel y blanda cera. Con esto se alababan tan ufanos, que una Abeja les dijo por despique: ¿No trabajáis mas que eso? Pues, hermanos, jamas equivaldrá vuestro zumbido a una gota de miel que yo fabrique. ¡Cuántos pasar por sabios han querido con citar a los muertos que lo han sido! ¡Y qué pomposamente que los citan! Mas pregunto yo ahora: ¿los imitan? Moraleja: Fácilmente se luce con citas y elogios a los hombres grandes de la antigüedad; el mérito está en imitarlos.

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